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Después de haber descubierto la verdad sobre la muerte de Daniel Elkins, Papa Winchester se da cuenta que necesitan ayuda para destruir el nido, que parece ser grande y cuenta con varios vampiros en acción. Así que decide dejar atrás el tonto pleito con Bobby, su viejo amigo, y pedirle que los acompañe.

Bobby podrá tener un carácter algo… volado, pero no es rencoroso. Además, extraña a los chicos que son casi como su familia, así que los recibe en su casa y acepta participar en la cacería.

– “Bobby, ven, ayúdame. Tengo alguna información en la camioneta que creo que debemos revisar antes de empezar con esto” –dice John Winchester, caminando hacia la puerta.

Tan pronto salen de la casa, Dean empuja a Sam contra la pared al lado de la ventana.

– “Estate quieto, Dean, nos van a ver” –protesta Sam mirando con cuidado hacia la ventana.

– “Por eso estamos aquí, anda, dame un beso, yo vigilaré” –responde Dean sonriente.

– “No me gusta que me beses con los ojos abiertos, no te concentras Dean, además…” Dean lo calló con un beso húmedo y juguetón. Su lengua penetró traviesa hasta lo más profundo de la boca de Sam, haciendo que un par de mariposas le revolotearan al pequeño en el estómago. Sam recibió el beso con un suave gemido y Dean dijo: “Lo ves? Y con los ojos abiertos.” Sam sonrió y en ese momento Dean se apartó. “Allí vienen” -le dijo- “vamos, ponte a hacer algo.”

Dándose la vuelta, Dean se sentó en el primer banco que encontró y desarmó la pistola, fingiendo que la limpiaba. De espaldas al centro de la habitación, Sam fingía revisar la barrera de sal de la ventana junto a la que Dean acababa de besarlo.

La cena fue tranquila. Viejos recuerdos y un par de cervezas. La familia reunida y Bobby con ellos. A pesar de la amenaza de los vampiros y de que se acercaban cada vez más al rastro del YED, todos lograron relajarse por un rato. Ni siquiera Bobby había amenazado con dispararle a nadie una sola vez.

– “Deberíamos irnos a dormir” -dijo John-. “Mañana tenemos que encontrar ese nido.”

Los chicos intercambiaron una mirada cómplice. Seguro dormirían en su vieja habitación de la casa de Bobby… solos, porque su padre solía tener su propia habitación.

– “Aún tienes mi vieja habitación?” -preguntó John como leyéndoles los pensamientos.

Los ojos de Dean bailaban mirando a Sam. Sam apretaba los labios tratando de darle a entender a Dean que no fuera a abrir su bocota y decir algo que lo echara todo a perder.

– “Lo siento, John. Puedes dormir conmigo si quieres. La habitación que tú usas todavía no termino de repararla. Quedó bastante destruida después de un feo exorcismo”

– “No, está bien. No quiero molestarte” -respondió John-. “Dormiré en la habitación de los chicos.”

Los chicos rodaron los ojos hasta ponerlos en blanco. Qué difícil resultaba darle esquinazo a dos viejos cazadores como Bobby y su papá!

– “Puedo ponerte una de las camas plegadizas allí, si quieres.” –ofreció Bobby.

– “Eso sería bueno. Estos dos ya están demasiado grandes para compartir la cama.” -los miró con orgullo.

Los chicos se miraron con una sonrisa algo culpable y una mueca de “Si supiera”. Ayudaron a Bobby a poner la cama plegadiza y Dean se ofreció a dormir en ella para que su padre estuviera más cómodo. “Sam no podría aunque quisiera, es tan grande…” -comentó Dean riendo y dirigiéndole a su hermano una mirada pícara “le colgaría la mitad de las piernas”. Sam rió para sí mismo. El comentario de Dean no se refería precisamente a sus piernas.

– Gracias, hijo.

Dean se acostó en la pequeña cama algo encogido, mirando hacia la cama que ocupaba su hermano. Sam también lo miraba. Su padre parecía dormir pero jamás se les hubiera ocurrido intentar algo con él allí.

– Hey, Sam! Hazte para este lado.

Sam se arrastró hacia la parte baja de la cama. Dean extendió su mano hacia él y Sam la tomó.

– Qué vamos a hacer, Dean?

– Descuida, cuando volvamos a los moteles todo estará bien. Pediremos nuestra propia habitación.

– Tú crees que papá nos deje?

– Por qué no? Le diremos que es por las chicas…

– Sam rió. “Estoy contento de tenerlo de vuelta.”

– “Yo también, pero nos la pone difícil, verdad?” -ambos rieron-

– Te extraño, Dean.

– “No tienes por qué extrañarme. Estoy aquí.” -le apretó la mano.

– Tú sabes de qué hablo…

– “Sí. Yo también te extraño, Sammy. Pero encontraremos la forma, siempre lo hacemos, o no?” le dijo Dean con un guiño.

Sam sonrió. Por eso –entre otras cosas- amaba tanto a Dean. Porque siempre le hacía sentir que todo estaría bien, y se aseguraba de que así fuera.

– Duérmete, Sammy. Necesitaremos los cinco sentidos mañana para enfrentar a los vampiros.

– Tienes razón. Buenas noches, Dean.

– Buenas noches, pequeño.

– No me llames pequeño!

– Como tú digas… Pequeño.

Sam tomó su almohada y la lanzó con fuerza en dirección a su hermano. Dean la atrapó en el aire y se la devolvió riendo. Sam no volvió a acostarse en la dirección de la cama. Colocó la almohada del lado que quedaba más cerca de la cama plegadiza. Quería sentir a Dean cerca.

Por la mañana se prepararon para salir. Pensaron que irían juntos en el Impala, hasta que Bobby habló:

– Voy a necesitar que alguien vaya conmigo. Son muchas cosas.

– “Dean irá contigo” -respondió John. “Yo iré con Sam. Así nos dividimos, abarcamos más terreno y nos cubrimos mejor.”

Los chicos intercambiaron una mirada de incredulidad. No es que fueran a hacer nada durante una cacería, pero querían estar solos aunque fuera un momento en el auto.

– “Debemos irnos. No te retrases, Bobby, debemos llegar todos juntos. Vamos Sam” -dijo John Winchester echándose la ballesta sobre el hombro.

Sam pasó junto a su hermano. Dean se llevó dos dedos a los labios y depositó un imperceptible beso que le lanzó a Sam. Sam sonrió y frunció los labios, devolviendo el beso de su hermano. Dean lo siguió con la mirada hasta que salió detrás de su padre. Cuando volvió la vista, Bobby estaba junto a él. El viejo cazador le dio un codazo en las costillas y Dean lo miró sorprendido.

–          “Hoy por la tarde le pediré a tu padre que me acompañe al pueblo a comprar municiones y otras cosas. Calculo que estaremos fuera por lo menos una hora.” Dean lo miró fingiendo que no entendía… “No estoy ciego y no soy estúpido” -le dijo Bobby.

–          “Bobby, yo…”

–          “Y no quiero tus explicaciones.” Dean se calló de inmediato. “Con Bobby no se juega” pensó.

–          “Bobby, por qué nos ayudas?”

–          “Porque he visto la cara de idiota que pones cuando miras a tu hermano, y los ojos de cordero degollado con los que él te mira a ti. Reconozco el amor cuando lo veo, Dean. Y ustedes han perdido tanto en la vida, que… creo que me alegra saber que se tienen el uno al otro.”

–          “Gracias, Bobby.”

–          “No me hagas ponerme sentimental ahora. Anda, camina, tenemos vampiros que cazar… y Dean” -Dean se volvió hacia él- “si tu padre llega a enterarse…”

–          “Nos coserás a tiros” completó Dean.

–          “Puedes apostarlo, jovencito” -le dijo Bobby taladrándolo con su penetrante mirada.

Aquella tarde, cuando Bobby y su padre anunciaron que se iban al pueblo de compras, fueron las mariposas que habitaban el estómago de Dean las que revolotearon y los ojos de Sam se encendieron al instante.

En el momento en que el rugido del motor de la camioneta de su padre se aleja por el camino, Dean cierra la puerta a su espalda y se vuelve hacia Sam. Sam salta sobre su hermano. Dean lo toma por la cintura y lo levanta en el aire. Sam lo envuelve con sus brazos y piernas, Dean lo toma por el trasero y lo acomoda sobre su cuerpo antes de dejarlo caer sobre la primera cama que encuentra y tirarse sobre él mientras se desabrocha los pantalones.

Sam se deshace de los suyos en segundos y de un tirón le arranca a Dean la camisa. Dean empieza a levantarle despacio la suya, mientras va mordiendo su vientre suavemente. Sam se deshace de la última prenda que le queda encima y casi grita cuando el pecho de Dean se aplasta contra el suyo.

Las manos de Dean acarician la parte interior de sus muslos haciéndolo temblar de deseo y obligándolo a abrir las piernas un poco más. Sam arquea la espalda buscando el cuerpo de Dean, que lo toma por las caderas. Ya conoce el camino hacia dentro del cuerpo de su hermano.

Sam deja escapar un gemido de dolor, pero Dean ya no se alarma. Sabe que el dolor solo dura unos instantes. Un pequeño precio que ambos pagan con gusto por el indescriptible placer que los invade después. El siguiente gemido de Sam es muy diferente al primero. Puro placer al sentir a Dean moviéndose dentro de él. Dean gruñe junto a su oído mientras le muerde el cuello. Sam le araña la espalda acercándolo más hacia él para que su miembro quede atrapado entre el vientre de ambos. Dean dice su nombre entre gemidos, Sam susurra el de Dean mientras le besa el pecho. Se corren juntos. Más rápido de lo que hubieran querido, pero dulce, fuerte, intenso.

Apenas terminan, Sam toma a Dean por los hombros y lo empuja bajo su cuerpo. Dean se da vuelta, a Sam no le toma más de un par de minutos recuperarse y lo toma por las caderas, listo para penetrarlo. Dean suspira:

–          Sammy… cómo puedes?

–          Tenemos poco tiempo, Dean, susurra Sam en su oído.

–          Lo sé, responde Dean levantando aún más sus caderas y haciendo que Sam entre del todo en su cuerpo.

Sam le besa la espalda mientras entra una y otra vez, Dean se estremece de placer. Sam toma su miembro con  una de sus grandes manos y empieza a acariciarlo, su mano sube y baja al mismo ritmo que sus caderas, haciendo que al cuerpo de Dean se le olvide que acaba de tener un impresionante orgasmo y preparándolo para otro.

Dean siente el cuerpo de su hermano contraerse de placer mientras se corre con fuerza dentro de él, inundándolo con una caricia cálida y excitante que lo vuelve loco. Ya no quiere –ni puede- detener su propia explosión y se deja venir también sobre la mano de Sam, que no deja de moverse hasta que Dean no puede más.

Sam lo abraza por los hombros y le cubre la espalda con cientos de pequeños besos. Dean cierra los ojos y disfruta el momento.

–          Sammy… déjame…

–          Por qué?

–          “Déjame… abrazarte” dice dándose vuelta con alguna dificultad. “Déjame abrazarte antes de que nos interrumpan otra vez.” Sam se deja envolver por los brazos de su hermano y Dean lo aprieta con fuerza contra su pecho. “Qué ganas tenía de esto, Sammy.”

–          Yo también. Te gustó?

–          “Mmmm… sí” responde Dean con una sonrisa de satisfacción. “Oye, tengo algo que contarte… es sobre Bobby”.

–          Qué?

–          Bobby… sabe.

–          Qué?! Le contaste a Bobby?

–          No! De algún modo se dio cuenta…

–          Qué te dijo?

–          Que tenemos cara de idiotas cuando estamos juntos…

–          “A ver?” Sam corre hacia el baño y regresa trayendo el espejo

–          Sammy… deja eso!

–          “A ver… no sé, Dean. Creo que Bobby podría tener razón” dice riendo frente al reflejo de ambos, con las mejillas rosadas, el cabello revuelto y la felicidad escrita en los ojos.

–          Guarda eso, Sammy! Vendrán en cualquier momento.

–          Qué más te dijo?

–          El… dijo que se alegra por nosotros…

–          En serio? Wow! Quién lo hubiera dicho, no? El viejo Bobby…

–          Sí…

–          Entonces… no le dirá a papá?

–          No. De hecho dijo que si papá se llega a enterar…

–          Déjame adivinar: Nos cose a tiros!

–          Exacto.

Intercambian una mirada llena de amor. En ese momento Dean se queda quieto y pregunta:

–          Oyes eso?

–          Es la camioneta!

–          Vamos, ponte la ropa, rápido! Y cuelga ese maldito espejo en su lugar!

–          Tú ve a encender el televisor!

Cuando John y Bobby entran a la casa, nada en el aspecto de la habitación podría hacerles sospechar. Nada excepto por el brillo de dos pares de ojos que miran sin ver la televisión. Nada excepto por un par de sonrisas cómplices que se ocultan tras sendas botellas de cerveza. Nada excepto por una palmada en la espalda demasiado masculina para llamar la atención. Nada excepto por dos piernas que no se despegan a pesar de que sobra espacio en el sofá. Nada… nada que la astuta mirada de Bobby no sea capaz de detectar.

FIN

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