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Puedes irte cuando quieras, le había dicho Sam. Es el Día de San Valentín, o como le llamas tú? La Navidad de los amores sin compromiso?Valentine

Dean está tan sumido en sus pensamientos que no logra percibir la nota de amargura en la voz de su hermano. No va a ningún lado. No este año. Eso de andar de conquista por los bares había perdido su encanto para él desde hacía un tiempo para acá. Quizás más del que quisiera reconocer. Pero lo peor no era reconocer que él, Dean Winchester, que le había dado un nuevo significado a la frase “amor sin compromiso”, había decidido dejar atrás sus días de aventuras. Es que ni siquiera lo había decidido! Simplemente había ocurrido. Las aventuras habían quedado atrás porque ya no eran emocionantes. Ya no sentía la necesidad de salir por las noches a ligar al más hermoso ejemplar femenino que pudiera encontrar. Ya no corría la adrenalina por su cuerpo al imaginarse atrapado entre aquellas piernas, hundiendo su rostro en un par de exuberantes senos femeninos mientras hacía gala de todas sus destrezas en el arte del sexo para hacer a la chica gritar de placer aunque ni siquiera supiera su nombre.

No.

Que nadie se equivoque. La adrenalina aún corre por su cuerpo, pero corre en momentos totalmente inoportunos, ante estímulos que nunca creyó posibles, haciéndole desear cosas que no es capaz de entender. De hecho, sus últimas aventuras no fueron otra cosa que intentos de huir. De poner tiempo y espacio entre él y aquello que le atormenta. Pero no dieron resultado porque no hay forma de poner tiempo y espacio porque lo que le atormenta no es un algo, es un alguien. Alguien con quien comparte la vida, la habitación, el auto y hasta el apellido.

Sí.

Así de simple y complicada es su vida. Ese alguien que le atormenta es Sam. Su propio hermano, su propia sangre. La adrenalina aún corre cuando se imagina atrapado entre un par de piernas, pero no son piernas torneadas y femeninas. Son piernas largas, musculosas y morenas. Y el pecho en el que desea ocultar su rostro ya no es un exuberante pecho femenino, sino el pecho ancho y firme de su hermano. Si tan solo pudiera hacerle a él gritar de placer… seguro gritaría su nombre, porque él sí lo sabe. Lo usa, y mucho. Y le encanta. La forma en que Sam dice “Dean” como arrastrando un poco la “eee” y dejando que la “nnn” final rebote un poco en el aire. Nadie lo llama Dean de esa manera, solo él. Y solo a él quisiera escucharlo gritar su nombre mientras un orgasmo le desgarra las entrañas. Un orgasmo provocado por él. Largo… lento… intenso… tan intenso que duela, pero que duela tan rico que no quiera dejar que termine.

“Dean!” La voz de Sam lo saca de sus fantasías, y justo a tiempo, a juzgar por la erección que pronto iba a empezar a notarse si seguía imaginando escenas de amor con el dueño de esa voz. Amor. Sí, dijo amor. Ya no tiene sentido seguir engañándose, así que mejor llamar a las cosas por su nombre. Lo que él se imagina con Sam no es solo sexo.

No.

También hace un tiempo que se dio cuenta. Lo que imagina, lo que desea, va más allá del sexo. Más allá de todo lo que alguna vez tuvo con alguna chica. No es sexo puro y duro, es algo más. Besos, caricias, susurros, palabras suaves, la calidez que no ha conocido, la ternura que solo él ha sabido despertar en su corazón.

Sí.

Amor. Eso es lo que imagina. Eso es lo que siente. Eso es lo que le atormenta porque no imagina siquiera que ese sentimiento tan fuerte que le carcome por dentro pueda ser correspondido. Sam dice algo sobre que cuando un perro no come, algo debe estar definitivamente mal, y algo en su tono de voz atrae la atención de Dean.

–        “Sammy…?”

–        “Qué?”

–        “Te molesta? Que no salga?”

–        “Molestarme? Por qué habría de molestarme?” Allí está otra vez. Ese timbre ligeramente agudo en la voz de Sam y las comisuras de sus labios que involuntariamente suben y bajan en una mueca que intenta ser una sonrisa. “No. Estoy… sorprendido. Eso es todo.”

La expresión de limón recién exprimido que Sam tenía solo unos minutos antes ha desaparecido y Dean cree saber por qué.

–        “Sabes qué?” Dean se acerca, le quita de las manos los papeles que sostiene y cierra la laptop.

–        “Dean, qué haces?”

–        “Creo que es tiempo de que los dos hagamos algo diferente para San Valentín.”

–        “Qué?” La sonrisa medio nerviosa de Sam le delata.

–        “No te gustaría?” Dean se vuelve hacia el refrigerador, toma dos cervezas y le ofrece una a su hermano. Sam la toma y se queda de pie frente a él. Dean se acerca y le afloja el nudo de la corbata. “Esto te tiene demasiado tenso” le dice. Sam jadea. Hubiera sido imperceptible para cualquiera, pero Dean no es cualquiera. Mira a su hermano a los ojos con una sonrisa. Sam se siente desnudo, aunque todavía no lo está. Dean siempre le provoca eso. Bueno, no siempre, pero de un tiempo para acá… Dean lo mira… Dean le habla… y es como si pudiera ver su interior. Se siente desnudo frente a él y sospecha que pronto eso dejará de ser una metáfora para convertirse en una realidad porque justo ahora, Dean ha dejado a un lado la botella de cerveza y está desabrochándole la camisa. No lo detiene. No sabe por qué. Debería detenerlo pero no lo hace. Hace todo lo contrario. Extiende sus brazos y tira de la camisa de su hermano, zafándola del pantalón. Dean está empujando su camisa ahora, sobre sus hombros y hacia abajo por sus brazos. Sam desliza sus manos por la cintura de su hermano. Las caricias avanzan despacio. Hay mucha piel por recorrer pero no van a apresurarlo. Las manos de Dean le acarician la espalda y Sam se acerca más. Dean le acaricia el cuello. Sam busca sus hombros y termina de quitarle la camisa. Se abrazan despacio. Dean suspira con los labios pegados al cuello de su hermano y siente como Sam se estremece con su aliento. Se está excitando. Se está excitando mucho, pero no quiere presionar a Sam. Se inclina un poco y sus labios se encuentran con la piel del pecho de Sam. Buscan sus pezones y los encuentran, los rozan suavemente y Dean disfruta al escuchar el gemido que sale de la garganta de su hermano.

Te gusta…? Le pregunta.

Sí…

Dean continúa. Los roza con sus labios, poco a poco empieza a darles toquecitos con la lengua, los humedece despacio primero y luego los lame muy rápido con la punta de la lengua y Sam jadea de nuevo con más urgencia. Entonces Dean se los mete a la boca y succiona. Sam gime más fuerte. La lengua de su hermano le tortura de una manera. Sam se inclina entonces y busca el cuello de su hermano. Dean echa hacia atrás la cabeza ligeramente y Sam le besa, sus labios y sus dientes succionan su piel. Dean imagina el chupetón que tendrá más tarde. Nunca ha permitido que una chica le haga eso. Él es un cazador y los cazadores no van por allí con las marcas que les deja cualquier chica que conocieron en un bar de carretera, pero Sam… Sam puede dejar sobre su piel todas las marcas que quiera.

Dean ya no cabe dentro de sí mismo. Se desabrocha los pantalones y estos se deslizan hacia abajo por sus piernas. Sus manos buscan el cinturón de su hermano y lo desabrochan también, pronto, sus piernas se rozan, sus erecciones se frotan. Las manos de Dean se posicionan sobre su trasero, apretándolo. Un instante después se deslizan bajo los bóxers. Sam se sorprende ante la atrevida caricia, pero no la rehúye. Dean le acaricia las nalgas con movimientos circulares que le excitan cada vez más. Cuando menos se lo imagina, Dean coloca su dedo medio sobre su entrada. Sam se sobresalta pero Dean le tranquiliza.

Shhh… no voy a hacerte nada… todavía.

Sam suelta una risita.

Dean le presiona suave. Su dedo traza círculos sobre su entrada frotándola suave pero firmemente. Nunca había deseado a nadie como desea a Sam en este momento. Lo empuja. Sam se deja tender de espaldas sobre la cama. Su hermano sobre él, su mano aún entre sus bóxers, sus dedos aún sobre su entrada. Dean se frota contra él. Le besa el cuello. Sam se aferra a sus hombros. Dean le obliga a levantar una pierna sobre su hombro y cuando su entrada queda al descubierto, dos dedos le penetran. Duele al principio. Dean lo percibe y suaviza sus movimientos.

Shhh… lo haré suave… lo haré suave…

Okey…

Dean desliza sus dedos en su interior. Suave. Despacio. Haciéndolo disfrutar lentamente. Sam se estremece, su cuerpo involuntariamente aprieta los dedos de Dean.

Eso… eso, Sammy… así…

Más rápido. Cada movimiento de los dedos de Dean le excita más. Le gusta cómo le toca. Va a tener un orgasmo. No sabe cómo, porque lo que siente no se parece en nada a lo que ha sentido antes, pero está seguro que va a tener un orgasmo. Apenas puede contenerse ya.

Dean… voy a venirme…

Hazlo…

Pero… y tú…?

Después… ahora solo disfrútalo…

Estás seguro?

Claro. Crees que no lo disfruto? Eh? Verte así… sentirte así…? Sammy…

Ohhh… Dean… allí está… Sam dijo su nombre. De esa forma que solo él puede decirlo.

Así, Sammy…

Ohhh… Dean… sí…

Así… así… así, empujado suavemente por las expertas caricias de los dedos de su hermano. Sam se acerca al orgasmo cada vez más. Empieza a balancearse al ritmo de las caricias de Dean que le ha dado vuelta a su mano para penetrarle mejor. Ahora, la palma de su mano le golpea las nalgas cada vez que sus dedos entran y salen de su interior. Plaf…… plaf…… plaf…… plaf…… se escucha increíblemente rico y se siente increíblemente rico. Dean le aprieta por dentro, y ahora sí… va a correrse… va a correrse ahora mismo porque eso que Dean le hace no puede tener nombre. Nadie ha inventado algo así de rico, así de bueno. Sam empuja su cuerpo contra la mano de Dean, quiere que le toque aún más profundo. Dean le complace. Mientras su otra mano continúa acariciándole las nalgas desnudas, sus dedos han encontrado ese punto y lo masajean suave pero firme, deteniéndose por breves instantes solo para escuchar la voz ansiosa y jadeante de Sam…

Dean… más… por favor…

Ohh… Dean… por favor, no pares…

Por favor, Dean… sigue…

Y Dean reanuda la caricia. Sus dedos saben dónde y cómo frotar. Es como si conociera desde siempre el cuerpo de su hermano y quiere que su primera experiencia le haga enloquecer de placer.

AAAaahhhhhhhhhHHHHHHH………….

Ahora los dedos de Dean se han quedado en un lugar, presionando una y otra vez la zona más sensible del interior del cuerpo de Sam.

Ohhh… Dean… Dean… sí… así… DEAN… DEAN… DEEEANNNNN… Deannn…

La voz de su hermano repite su nombre de la forma que siempre imaginó que lo haría acompañando una descarga de humedad que Dean disfruta como si fuera suya. Con movimientos circulares de sus dedos, Dean hace aún más intensas las sacudidas del orgasmo haciéndole sollozar de placer.

Ohhh… Deannn… sí… sí… síiiiiiiiiiiii………..

La cordura regresa lentamente. Sam no sabe qué hacer ahora, o qué decir. Se ha dejado llevar de una manera y ahora se siente algo avergonzado. Pero no. Para Dean no existe la vergüenza. No cuando tiene a su hermano junto a él y acaba de provocarle un orgasmo por primera vez. Un orgasmo que fue todo lo que había imaginado, y más. Cuando finalmente hagan el amor, va a ser una experiencia increíble.

Dean se retira suavemente de su interior. Ha apoyado su cabeza sobre el pecho ancho y fuerte con el que lleva noches enteras soñando. Sam está exhausto de placer. No se reconoce. Cuando esa noche empezó, nada de esto pasaba por su  mente. Bueno, sí pasaba, pero nunca imaginó que iba a convertirse en realidad tan pronto, ni de esa manera.

Dean le acaricia el pecho. Le besa. Una de sus piernas descansa sobre las suyas. Juguetea con su pelo. No dice nada pero sonríe. Sam desliza los dedos entre su cabello. Ve que Dean cierra los ojos y disfruta la caricia. Inclina la cabeza y le mira.

Te gusta esto? Le pregunta, moviendo suavemente sus dedos y acariciándole entre el cabello.

Dean asiente con un movimiento de cabeza.

Y esto? Sam se inclina y le da un beso.

La sonrisa de Dean se acentúa y asiente otra vez.

Y esto? Sam desliza sus dedos por las delicadas curvas de la oreja de su hermano.

Dean se retuerce y sonríe. Siente cosquillas.

Y con cada una de sus reacciones, el corazón de su hermano se estremece de amor, de emoción, de ternura. Sospecha que ama a Dean más de lo que él mismo es consciente de amarlo. Dean se incorpora y lo mira de frente. Sus ojos verdes brillan. Sam lo toma por el cuello y lo obliga a acercarse. Sus labios le esperan ansiosos y tan pronto los de Dean rozan los suyos, Sam los separa suavemente y su lengua se pasea despacio, acariciándole dulcemente. No es un beso apasionado, es un beso enamorado. Y Dean responde al beso.

Hace cuánto te diste cuenta? Pregunta Dean.

De… esto?

Ajá.

No puede decirlo con exactitud, pero unos cuantos recuerdos vienen a su mente. Algunos son recientes… otros no tanto. Sam sonríe.

Qué? Pregunta Dean.

No lo sé… quizás hace más tiempo del que recuerdo.

Por qué nunca me dijiste nada? No hay reproche en la voz de Dean. Está más bien llena de ternura, como queriendo decirle a su hermano que debió confiar en él.

Pero no era algo fácil de hacer y Sam le devuelve la pregunta. Por qué no me lo habías dicho tú?

Los dos se miran. Los dos se entienden. En un instante cientos de conversaciones se resumen en dos miradas que se encuentran. Los dos saben lo que el otro ha sentido, los dos saben lo que ha sufrido, cuánto ha esperado. Los dos conocen la duda y el miedo. Como tantas veces, las palabras sobran. Los corazones no necesitan hablar. Dean se recuesta sobre la almohada. Abre los brazos e invita a Sam a acurrucarse entre ellos. Sam no lo duda. No recuerda la última vez que Dean lo sostuvo así entre sus brazos, protegiéndolo y amándolo en el silencio de una habitación o del asiento trasero del Impala. Pero de una cosa está seguro: ese es su hogar. Después de mucho tiempo, de noches de soledad, de buscar y no encontrar el amor en el lugar equivocado, Sam sabe que esta noche, la noche de San Valentín más inesperada y feliz que le ha tocado vivir; esta noche, por fin, ha vuelto a casa.

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