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spn517-0653Todo mundo se conocía, todo mundo sabía lo que hacían los demás, dependían unos de otros y para que aquel sistema funcionara, algunas cosas básicas que para ellos eran tan naturales como el aire que respiraban, debían ser sacrificadas, por ejemplo, la libertad individual.

Rebelde desde sus primeros años, Sam estaba acostumbrado a hacer valer sus derechos. Educado en la obediencia casi marcial por John Winchester, Dean sabía que, muchas veces, algunos derechos elementales deben ser sacrificados por un propósito más importante: sobrevivir.

– Que es lo que pasa contigo, Dean? Una dosis de fundamentalismo cristiano barato y consiguen lavarte el cerebro?
– QUE?! No, por supuesto que no.
– Entonces explicame, porque no entiendo.
– No entiendes qué?
– Todo este… puritanismo tuyo, tan repentino.
– Puritanismo? De eso crees que se trata esto?
– Dean, desde el momento que llegamos a este maldito pueblo, y empezaron a bombardearnos con esa basura de predicador de domingo en la tarde, ahora de pronto tenemos camas separadas. Te portas como princesa virginal cuando trato de tocarte…
– Wowowow! Como me llamaste?
– Tú me oiste. Perdóname, pero ese no eres tu. Tu confundes la realidad con las películas porno, recuerdas?
– No es divertido, Sam.
– No, no es divertido, Dean. El mundo se cae a pedazos a nuestro alrededor, por lo que sabemos, nuestras probabilidades de impedir que se consume el apocalipsis son escasas, y lo único que nos queda, el último refugio donde… donde…

Sam se atraganta con las palabras, su voz se quiebra, incapaz de decirle a Dean lo que significan para él los escasos momentos en que simplemente son ellos dos, unidos, abrazados, sentir su calor junto a él, o dentro de el, como sea, con sexo o sin él, el momento al final del día en que, además de la ropa se despoja del miedo, baja la guardia y se refugia en la cama que comparte con Dean. Esos escasos momentos de calma e intimidad los han perdido desde que llegaron a aquel lugar y Sam solo quiere entender. Quiere entender las razones por las que su hermano lo mantiene ahora apartado de él, porque si esto es lo que va a ser su vida de ahora en adelante, no cree que valga tanto la pena salvar al mundo.

Dean comprende más de lo que aparenta. Quiere acercarse, tomarlo en sus brazos y decirle que todo está bien, que nada ha cambiado. Besarlo hasta que le ardan los labios, amarlo hasta caer agotado sobre su pecho desnudo y sudoroso, mimarlo como lo hace cuando están solos. Pero no puede permitirse aquella debilidad. No allí. No ahora. La vida de ambos puede depender de ello. Su respuesta resulta algo brusca, pero no sabe como más disimular:

– Ok. Ok. Lo entiendo. Creeme, lo entiendo.
– No parece.
– Sammy, lo entiendo, pero dime una cosa, que crees que pensara esta gente sobre el sexo entre hermanos?
– Dean, vamos a volver a esa vieja discusión? Creí que estábamos mas allá de eso, que esa etapa la habíamos dejado atrás.
– No es eso, Sammy. No se trata de esa vieja discusión, que por cierto, eras tú quien la iniciaba siempre; le acuso con un mohín de niño de 4 años.
– Dean…
– Sam! Escúchame: No necesitamos a un montón de locos fanáticos, armados y entrenados, atrás de nosotros por romper el record de pecados. Esta gente es peligrosa. No tiene nada que ver contigo o con nosotros. Es supervivencia elemental.

Sam guardo silencio. Puso su cara de cachorrito triste pero comprendió que Dean tenía razón.

– Tienes razón, pero podemos dormir juntos sin… sin…
– No podemos arriesgarnos, Sammy. Nos estamos arriesgando solo por el hecho de estar aquí. Esa cosa lee la mente. Si te tengo cerca…

A su pesar, Sam soltó una risita. Se imagino lo que podría pasar por la mente de su hermano.

– Solo será por un tiempo; le aseguro Dean. Nos desharemos de esa perra y volveremos al camino. Lo prometo.

Ambos se metieron a sus respectivas camas. Como ocurría tantas veces, ambos se volvieron al mismo tiempo y sus miradas se encontraron.
– Dean… Sam extendió el brazo hacia él. Solo dijo su nombre. Quería decirle tantas cosas pero simplemente no podía.
Dean extendió también su brazo y tomo su mano.
– Yo también, dijo Dean, interpretando su silencio.

Fin

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