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Bitch & Jerk

Hace solo unas horas que están juntos otra vez. Las cosas empiezan a volver lentamente a la normalidad, si es que algo entre ellos puede llamarse normal. Aún vestido con el traje de agente federal, Dean sale del motel y camina hacia el Impala donde Sam, de pie frente al baúl abierto, empieza a sacar las cosas del auto.

–      “Cama King?” Pregunta Dean arrugando la nariz y haciendo un mohín. “No hay habitaciones libres con camas sencillas.”

–      “Ok.” Responde Sam a secas.

–      “Seguro?”

–      “Seguro. No hay otro motel en millas y estoy exhausto, Dean. Toma la habitación, yo llevaré las cosas.”

El tono práctico y serio de Sam lo descoloca un poco.

Una vez en la habitación, Dean se deshace rápidamente del traje y se dispone a prepararse para dormir.

–      “Quieres ducharte primero?” Ofrece Dean.

–      “No. Dúchate tú” responde Sam, otra vez el tono de voz neutro. “Estoy acomodando las cosas.”

–      “Como tú digas…” responde Dean, preguntándose si es su imaginación o algo cambió cuando llegaron al motel. Sam no parece tenso, pero sí un poco serio considerando que casi habían vuelto a las bromas en el camino. Parece extrañamente distante otra vez y Dean se pregunta si fue algo que dijo. No quería romper tan pronto su recién recuperada armonía.

En pocos minutos, Dean sale de la ducha. Se ve relajado así, envuelto en la toalla, mostrando su piel dorada y pecosa y el cabello húmedo. Sam le echa una mirada de reojo pero no dice nada. Toma su propia toalla y se dirige hacia el baño. Hay algo familiar en la tensión entre ellos, piensa Dean. No es algo exacto que pueda definir, pero es una sensación. Una sensación que ha experimentado antes, una especie de deja vu. Sin más ropa que unos boxers y camiseta, Dean se recuesta en la cama tratando de identificar ese algo en el ambiente que lo tiene inquieto, como si una mariposa se hubiera quedado atrapada en la boca de su estómago. En ese momento, Sam sale de la ducha. Sigue tan callado como cuando llegaron. Su piel morena se deja ver a través de las gotitas de agua que resbalan por ella, la toalla alrededor de su cintura marca su firme y bien formado trasero. Y de pronto Dean comprende…

–      “Recuerdas la última vez que hicimos esto?”

–      “Qué cosa?”

–      “Compartir la cama.”

La mente de Sam retrocedió en el tiempo y sus músculos se tensaron ligeramente cuando respondió.

–       “Sip.”

–      “Sip? Eso es todo?”

–      “Sí, Dean. Lo recuerdo.”

–      “Y…?”

–      “Y qué? Qué más quieres que te diga?”

–      “Kansas City… verdad?”

Sam no contestó. Posponía intencionalmente el momento de meterse a la cama. La mención de Dean de la última vez le inquietaba. Y no es que fuera un mal recuerdo, no. Era bueno, quizás demasiado, pero era uno de esos temas nunca resueltos entre Dean y él. Uno de esos de los que nunca hablaban y que parecía olvidado, oculto en un rincón de su conciencia.

–      “Vamos, termina de meterte en la cama.”

–      “Cuál es la prisa?” gruñó Sam.

–      “Ninguna. Vamos… ven aquí… no voy a comerte” agregó Dean en tono de broma, haciéndose hacia un lado y dando un golpecito en la cama, invitando a su hermano a acomodarse a su lado.

–      “No me gusta acurrucarme” refunfuñó Sam sentándose al borde de la cama.

–      “Yo no estoy de acuerdo con eso.”

Sam hizo un mohín y masculló: “No sé de qué estás hablando, Dean.”

–      “Claro que lo sabes…” insistió Dean. “Vas a acostarte o no?”

–      “De acuerdo!” espetó Sam. “Aquí estoy!” Se dejó caer en la cama al lado de su hermano. “No tienes por qué ser tan… tan…”

–      “Tan qué?” Dean dobló su brazo y se recostó en él volviéndose para verlo con una expresión divertida. Su voz se suavizó al verlo tan tenso.

–      “Tan qué…?” Repitió casi en un susurro.

Sam tragó saliva, incapaz de reprimir la forma en que el susurro de su hermano le hacía erizar la piel.

–      “No me digas que no lo recuerdas…” la voz de Dean cada vez más ronca y cercana. “Yo no lo olvido…” le dijo Dean, tan cerca suyo que podía sentir el cálido soplo de su aliento sobre la piel y un olvidado tirón entre las piernas le recordó lo que Dean era capaz de hacerle sentir.

–      “Yo tampoco… pero Dean… esto no está bien… yo…yo no sé cómo manejar esto…” concluyó Sam con algo de frustración en la voz.

–      “Lo averiguaremos…” Las manos de Dean se deslizaron despacio por los brazos de Sam, por sus hombros, le acariciaron el cuello.

–      “Qué cosa?” A su pesar, Sam empezaba a ceder a las caricias. No podía negarlo, le gustaba tanto. A pesar del tiempo que había pasado, nada había cambiado.

–      “Cómo manejarlo…” Dean colocó su mano en la mandíbula de su hermano y se acercó, Sam no lo rechazó así que se acercó aún más. Sus labios encontraron los de Sam y los obligaron suavemente a separarse, su lengua se abrió camino despacio en un beso largo y ansioso. Sam gimió dentro del beso. Dean aprisionó su cintura y lo apretó contra él, haciéndole sentir la dureza de su cuerpo.

–      “Dean…” jadeó Sam, su cuerpo aún resistiéndose un poco.

–      “Shhh… no pasa nada…”

–      “Cómo que no pasa nada? Dean!”

–      “No es como si nunca hubiéramos hecho esto antes…”

–      “Solo hemos hecho esto…”

–      “Tres veces… lo sé… yo estaba allí.”

Sam gemía porque los labios de su hermano continuaban dándole cortos besos mientras hablaba.

–      “Kansas City… recuerdas? Y antes de eso… en Indiana… y en Indiana… qué crees que pasa con Indiana… eh?”

Sam recordaba perfectamente. Habían hecho eso cada vez que él había huido del lado de su hermano y regresado.

–      “Tengo que dejar de huir…” dijo Sam.

–      “No voy a discutir eso…” -los labios de Dean seguían torturándole- “pero no puedo negar que me gusta lo que pasa después.”

La barbilla recién afeitada de Dean le frotaba la piel mientras sus labios suaves y húmedos le acariciaban. Cómo podía pensar con coherencia? Cómo controlar los gemidos que escapaban de sus labios mientras su hermano le hacía eso?

Dean le besó largo y profundo, sus manos expertas se deshicieron de la toalla y acariciaron la piel desnuda de su espalda, su cintura y más abajo. Las manos de Dean le recorrieron las nalgas y sus dedos se aventuraron apenas hacia el centro, insinuándose sin presionarle. Los gemidos de Sam se hicieron más intensos y apretó su cuerpo contra el de Dean. Necesitaba sentirle más, sentirle todo, por dentro y por fuera. Antes de que pudiera pensarlo, Dean estaba dentro suyo y se movía despacio frotándole y presionándole y se sentía tan bien que no quería más que dejarse llevar. Cerró los ojos. Confiaba en su hermano… lo amaba… lo había extrañado tanto… y en ese momento no quería otra cosa que Dean siguiera presionando su pecho, masajeándole las nalgas y besándole de aquel modo mientras le hacía el amor.

Dean sentía el cuerpo de su hermano dilatarse para recibirle para luego estrecharse y apretarle… una vez, y otra vez, y otra vez… tan rico… tan cálido… no hubiera querido retirarse nunca, hubiera querido quedarse toda la vida en el apretado interior de su hermano, pero no podía… no podía más… era tan fuerte lo que Sam le hacía sentir.

Con un largo e incomprensible gemido, Dean aceleró el ritmo y se derramó dentro suyo en violentas sacudidas de placer que Sam percibió cálidas, fuertes, húmedas. El orgasmo de su hermano le golpeó por dentro y Sam gritó su nombre mientras él mismo se perdía en los movimientos descontrolados de su cuerpo. Los brazos fuertes de Dean le sostuvieron mientras los espasmos de placer le debilitaban. Sam se aferró a sus hombros. Dean le besó la frente y las mejillas húmedas por el sudor y por un par de lágrimas que ambos negarían haber derramado. Por unos minutos se quedaron quietos, callados, recuperando el aliento y la capacidad de hablar sin que la voz se les quebrara. Fue Sam el primero que habló.

–      “No me gusta cuando peleamos.”

–      “No estamos peleando ahora, o sí?” La voz de Dean se hizo inusualmente dulce al decir esto.

–      “No” reconoció Sam.

–      “Pero entiendo lo que quieres decir…” sonrió Dean.

Sam también sonrió. Sus dedos acariciaron suavemente el brazo de su hermano.

–      “Qué dices si…?” Dean se interrumpió a media frase.

–      “Si… qué?”

–      “No sé… tal vez…” Dean volvió a dudar.

–      “Suéltalo de una vez, Dean” se desesperó Sam. “Tal vez… qué?”

–      “Tal vez la próxima vez… no deberíamos esperar a que ocurra una pelea.”

–      “Cómo así?”

–      “Que quizás deberíamos dejar de pedir habitaciones con camas gemelas de una vez por todas.”

–      “Dean, qué estás diciendo…?”

–      “Estoy diciendo que quizás esta sea la pieza que le falta al rompecabezas…”

–      “Qué rompecabezas?”

–      “Tú… yo… nosotros… tú sabes lo que quiero decir.”

Sam guardó silencio un momento sin saber cómo responder a eso. Lo último que esperaba era una propuesta directa de Dean de que ellos… de que ellos… Sam sacudió la cabeza, tratando de ahuyentar los pensamientos.

–      “No es una idea fácil de asimilar, Dean…”

–      “No. La idea no. Pero la práctica nos sale bastante bien…” Dean volvió a sonreír y Sam pensó que su hermano tenía algo de razón. De qué, exactamente, estaba intentando huir? De una idea que ya habían consumado cuatro veces? Una vez podría ser un accidente, pero cuatro!? Ni él podía creer que eso había pasado por accidente.

Sam miró a su hermano. Se acercó un poco, la duda desvaneciéndose poco a poco. Buscó sus brazos y los encontró amorosos y protectores. Se acurrucó entre ellos sin decir nada más. Dean lo acogió. Tiró de la cobija, la colocó sobre ambos y apagó la luz.

Sam cerró los ojos y suspiró, reconociendo ante sí mismo que nunca había sido tan feliz como en aquellos momentos en que, a través de los años, los reencuentros los habían llevado a él y a Dean a compartir aquel sentimiento extraño que los unía de una forma imposible, inaceptable quizás, pero increíblemente… maravillosa. De una forma que tal vez nunca entendería, pero eso ya no importaba ahora, porque Dean tenía razón. Esa era la pieza que hacía falta, y ahora que estaba en su lugar, todo tenía sentido.

La voz de su hermano lo sacó de sus pensamientos:

–      “Hey, Sammy…”

–      “Qué?”

–      “Qué fue lo que dijiste hace un rato? De que no te gusta acurrucarte?”

–      “Cállate, Dean.”

–      “Jejeje…”

–      “Jerk.”

–      “Bitch.”

The End… or more like… The Beginning

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